lunes, 26 de septiembre de 2011

Paraísos instantáneos




El paraíso tiene puertas.
Eso lo sabemos todos.
No se trata de un campo abierto.
Ni de una playa bordeando el mar.
Infinito.
No.
Parece que al paraíso hay que entrar.
Tenés que golpear.
Pedir permiso.
Y aunque La Biblia no dice nada sobre patovicas o los paswords, una cosa es bien sabida: San Pedro tiene las llaves de las puertas del cielo y para dar paso a los aspirantes revisa mucho más que los bolsillos.
El check-in al cielo implica un cierto “estado de gracia” de las almas.
Así están dadas las cartas del cristianismo.
Hay que portarse bien, sujetarse a unos mandatos y pedir perdón para borrar la culpa si uno se aleja de ese “estado de vida” al que debería tender.

Entrar al paraíso implica, no sólo superar el pecado original de Adán y Eva, estando bautizados sino que, además, hay que llegar con el alma limpia y los pecados veniales perdonados asiduamente por los representantes de Dios en la tierra, los sacerdotes.

Así que si caes ahí en zapatillas, todo sucio, o con pecados mortales, olvidate.
No hay cura ni sacramento de la confesión que te salve.

Pero esto del paraíso, cielo, más allá, eternidad, o tierra prometida, no es una idea novedosa de la Cristiandad judeo-cristiana. La zanahoria de una vida mejor “siempre después”, “más allá del tiempo presente”, data de varios siglos antes de Cristo y signa todo el pensamiento Occidental. Parece que los ancestros griegos ya habían arrancado con esta jodita de que lo importante está siempre “por venir”, y no es aquí y ahora, como diría Clarice Lispector.
Los griegos, para definir el paraíso, también habían inventado un intangible que describían con hermosos términos en su mitología. Pero ese cielo era un poco más fácil de alcanzar que el nuestro.
Los griegos hablaban de “Los Campos Eliseos”. Un espacio sagrado que había en la sección subterránea de los infiernos, a las que a veces le decían llanuras eliseanas, y donde existían en estado de permanente felicidad las sombras de los hombres virtuosos y los guerreros más heroicos. Tampoco era que pasaba cualquier hijo de vecino como Pancho por su casa ¡no! Sin embargo, había una diferencia sustancial con nuestro cielo: esos paisajes elíseos eran floridos y verdes, unos campos amplios y sin cercos o alambres perimetrales que impidieran el acceso. De los Campos Eliseos se podía entrar y salir a demanda. A diferencia del Tártaro, un lugar que los griegos pensaron en una línea más cercana al “cielo cristiano”, en los Campos Eliseos no existía el concepto de irreversibilidad.
El que entraba, así como había llegado podía irse.
Regresar a la tierra.
Con los vivos.
Cuando quisiera.
Igual el mito cuenta que no muchos tenían ganas de irse de ese mundo de goce y ensueños.
De alguna manera los griegos también tenían que poner en valor la vida y la muerte.

¿Se imaginan morir y poder volver?
Una bomba esa idea.
Entrar y salir de la fiesta de todos.
No estaba nada mal.

En la Edad Media y el Renacimiento existió un pensamiento de resistencia de los discursos dominantes que dio origen a unas prácticas mundanas muy cercanas a mi idea de lo que es El Paraíso.
Y ojo que no se trataba del corso de Corrientes y Medrano con sus murgas y comparsas.
No.
El carnaval de entonces era la fiesta de todos donde se suspendían las jerarquías del orden social y se disfrutaba por días enteros “la fiesta de todos”.

En su texto sobre la cultura popular, Bajtin cuenta que la literatura cómica, considerada “hereje” por la cultura dominante de la época, oponía la risa al tono serio de la cultura oficial religiosa y feudal. La risa encontraba su lugar de expresión en las fiestas públicas de carnaval hechas de ritos y cultos cómicos, llenas de bufones, bobos, gigantes, enanos, y parodias de la vida real, entre otras expresiones. Esta visión del mundo “no oficial”, exterior a la Iglesia y al Estado, ponía de relieve un segundo mundo y una segunda vida: la dualidad del mundo. La fiesta carnavalesca de la edad Media, ignora la distinción entre actores, espectadores y escena. Al contrario, unifica. Todos forman parte de la fiesta. No hay otra vida que la del carnaval, puro presente, en el que se disuelve la idea del más allá liberando al pueblo en una especie de renacimiento / renovación donde también son abolidas las jerarquías, privilegios y tabúes.
Aquellas fiestas del carnaval engendraban el contacto vivo, material y sensible con todos con todos, creaban en la plaza pública un tipo particular de comunicación, y favorecían el contacto entre lenguajes, gestos, y ademanes sin etiquetar a nadie ni imponer reglas de conducta. A esta unidad Bajtin la llamó “parodia de la vida ordinaria”, y la definió como: “un mundo al revés donde lo alto y lo bajo forman una misma rueda”. Esa es la esencia del carnaval. Y el humor festivo, patrimonio del pueblo, es su principal condimento. Todos ríen, la risa es general y universal, el mundo parece cómico y la risa es ambivalente: alegre y alborotada pero también burlona y sarcástica. Una risa que niega y afirma a la vez, una risa aquí y ahora. En el carnaval, la fiesta de todos, reina el presente en estado puro.

¿Hay mejor cielo que ese?
El instante que se disfruta, suspendidas las jerarquías y las promesas del Estado y de la Iglesia.
No.
De ninguna manera.
Ese es el cielo.
Una fiesta de la que se entra y se sale.
La foto del instante que se disfruta.
Donde bien y mal, clérigos y campesinos forman parte de la misma rueda que gira.
Vos y yo.
Ni más allá, ni más acá.
No hay que esperar a que llegue.
Es el siendo.
El cielo sucede durante nuestra existencia.
Sucede para los que pueden verlo, y no intentan capturarlo.
Materializarlo.
Sacarle una foto.
El “instante-ya” es un fluir.
El paraíso no se sujeta.
Es un paso.
Un devenir.
Fluye para los que pueden ser vehículos de esa felicidad.
Para los que no intentan cerrar el puño y agarrala entre sus manos.
Dice Clarice Lispector, a quien nombraba antes, "tengo un poco de miedo: miedo todavía de entregarme pues el próximo instante es lo desconocido. Te digo: estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya que de tan huidizo no lo es más porque ahora se volvió un nuevo instante-ya que también ya no es […] y quiero capturar el presente que por propia naturaleza me es prohibido: el presente me huye, la actualidad me escapa, la actualidad soy yo siempre en el ya"[2]. 




[1] Bajtin, M. 1987. “Introducción. Planteamiento del problema”, en La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza, Madrid.
[2] Lispector, C. 2010. Agua Viva. Editorial El cuenco de plata / latinoamericana.